El cacao de Guayaquil en la Nueva España

Escrito por Don Patricio Rodríguez (Vicembajador del Reino en Ecuador)

Antes de las Repúblicas, las provincias españolas ya comerciaban entre sí, el «cacao guayaquil» era el preferido de la Nueva España, actual México.

En la década de 1720 el mercado de la ciudad de México también recibió de manera directa cacao proveniente de Guayaquil, el que tuvo los montos más importantes, sólo después de los caraqueños. 

Su frecuencia fue constante y sus años más destacados fueron 1722, con un total de 3 578 tercios, y 1724, con 2 698 tercios (Cuadro 4). Al respecto, se debe subrayar que el llamado periodo de la prohibición comercial entre el virreinato de Nueva España y el de Perú, que se supone corresponde a la primera mitad del siglo XVIII, estuvo más bien regido por reiterados privilegios individuales de conducción del grano por Acapulco, y hasta existió un intento de estanco real.

Los comerciantes peruanos sabían que dicho circuito acuático era el más redituable porque los envíos a Panamá y el traslado hasta Veracruz encarecían los costos respecto al cacao caraqueño, con el que entraban a competir en la zona del Golfo, pero especialmente si se consideran los bajos costos de transporte marítimo a través del Pacífico hasta entrar por el puerto de Acapulco para ser traslado a la ciudad de México. Por esa vía se acortaban notablemente las distancias entre la zona productora y la ciudad de México. 

Unos 360 kilómetros separaban al puerto y a la capital, es decir, una distancia menor que la existente entre Veracruz, con fletes notablemente más baratos, de ocho reales por carga de cacao, desde la costa pacífica hasta México. En contrapartida estaban los costosos fletes desde Veracruz, que en gran medida dependían de la condición de los caminos y la estación del año; los 420 kilómetros entre un punto y otro podían significar, tan sólo en la temporada de secas, unos 35 días de recorrido; en 1806 se decía que cruzar las tierras bajas del Golfo y ascender por la Sierra Madre, absorbía dos tercios del costo del transporte entre la ciudad de México y Veracruz.

Es decir, el cacao de Guayaquil era más barato que el venezolano, siempre y cuando se transportara vía Acapulco, y lo fue aún más cuando comenzó a expandirse su producción dadas las condiciones naturales de la zona. 

Bajo ese contexto, se entiende que en 1712 los comerciantes de Guayaquil solicitaran una licencia para vender dicho producto vía Acapulco; el proyecto fue discutido en el Consejo de Indias y en ese mismo sentido, el año 1720 se proyectó que el virrey de Perú comprase anualmente la cantidad de cosecha de Guayaquil que estimara conveniente por cuenta de la Real Hacienda y que se condujera a Nueva España a través de dos navios de guerra de la Armada de la Mar del Sur. 

Guadalupe Pinzón nos aclara que en 1720 el superintendente del Juzgado de Arribas y Embarcaciones de Perú en las costas del Mar del Sur de Nueva España, José Veytia, propuso al monarca español la apertura de este comercio que de todas formas se realizaba sin dejar ganancias al erario. 

Sugirió que el tráfico sólo fuera de cacao, sin hacer escalas hasta llegar a Acapulco, donde lo pondrían en manos de particulares y todo se haría a favor de la Real Hacienda; este sistema eliminaría las evasiones fiscales y se estimaba que no perjudicaría a las naves que transitaban entre Guayaquil, Panamá y el Callao, ni al comercio de Maracaibo, Cumaná y Caracas, esto último debido al alto consumo que en Nueva España había de cacao. 

No obstante, en 1722 se les respondió que debía mantenerse la prohibición de traficar con el cacao de Guayaquil, el cual seguiría siendo enviado a Tierra Firme. Sin embargo, se siguieron otorgando permisos individuales: se sabe, por ejemplo, que para el año 1721 Juan Bautista de Azunza gozó de una licencia particular para trasladar cacao de Guayaquil por Acapulco; otro caso se dio en 1724, cuando gobernaba ese reino el arzobispo don Diego Morzillo.

Dadas las circunstancias, se pretirió que aquel reino sudamericano continuara comerciando su producción cacaotera por tierra firme, lo que evidentemente le significaba perder las ventajas del flete marítimo. Del mismo modo, circunscribir su producción cacaotera nada más al virreinato de Perú, no era tan atractivo porque en aquella zona la infusión de hierba mate y también la coca eran culturalmente los estimulantes preferidos entre el grueso de la población y no así el chocolate. 

Por su parte, hacia la década de 1730 los flujos de cacao de Guayaquil hacia la ciudad de México se alteran, tal como lo indica el cuadro 4, hasta que prácticamente desaparecen; en su lugar, repunta el cacao de Tabasco, con remisiones de 200 tercios y hasta de 400 en 1735.

Tampoco se puede olvidar que muchas veces la misma ruta del cacao tabasqueño era utilizada por el de Guayaquil. A este respecto, se puede señalar que precisamente esta es la época cuando se refuerza la normatividad contra el tráfico ilícito, ya que en 1732 se ordenó tomar medidas más severas en contra de las naves peruanas que traficaban en costas novohispanas.

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