Contra Pedro el Español (I,II y III)

Escrito por Don Julio César Rodríguez Bustos (embajador del Reino en Colombia)

Contra Pedro el español (I)

Hemos de aclarar que pese a que esta catilinaria lleve por destinatario al señor Pedro Insua, no está en ningún momento destinada a atacar a su persona, no son argumentos ad hominem los que aquí esgrimimos. Al señor Insua no lo conocemos personalmente, y si sabemos algo de él es porque hace parte de un grupo de españoles que, en los últimos años y desde diferentes áreas del saber humano, han defendido a España de La Leyenda Negra. De Insua sabemos algo particularmente por su libro 1492 España contra sus fantasmas, libro que le ha catapultado como tertuliano en algunos programas de opinión en la televisión de España o como columnista en periódicos como El Español donde escribió justamente el artículo que es motivo de estas nuestras palabras. En este sentido no hacemos una crítica al hombre, sino a su notorio ateísmo y desprecio por el Dios de los católicos, condición que no es potestativa de él sólo, sino de algunas otras personas a quienes a través suyo también va dirigida esta catilinaria que hemos titulado, Contra Pedro el español.

I. Callan como los perros del hortelano

Siempre que se acercan las fiestas religiosas, en especial la Semana Santa, afloran los ataques y el menosprecio de los ateos contra la Iglesia y sus miembros, comenzando por el Papa, pasando por el sacerdocio y su Credo, hasta recaer en el más anónimo de sus fieles. Igual ocurre cuando una persona pública osa nombrar a Dios ante los liberales oídos de nuestros amigos los sensibles ateos. Pareciera que sufrieran de otitis divina. En ese momento se encrespan o, como escribe Juan Manuel de Prada, se ponen de uñas y comienzan a lanzar toda suerte de ataques contra quien haya sido el “sectario” que osó nombrar a Dios en un espacio público, y más si éste es un altar laico.

En cambio, si fuese una persona pública o un político o un “artista” o un “intelectual” o un “libre pensador” o un parroquiano sin credo o pachamamista o una feminista de vagina, quien se lanzara en ristre contra la Iglesia, sus representantes, sus ritos, ceremonias y Credo, inmediatamente sería aplaudida esta persona por el coro de áulicos ateos y enaltecida (porque los ateos también tienen sus altares donde llevan a cabo sacrificios y canonizaciones) como una persona culta, librepensadora, defensora a ultranza de la libertad de expresión, alta de miras, toda una demócrata, toda una artista digna de renombre, toda una feminista con pelos en el sobaco.

Empero, hay que aclarar que nuestros amigos ateos se encrespan, se despelucan, les hierve la sangre, se ponen las uñas y exudan hedor vaginal, no cuando se habla del “Dios” de cualquiera de las cientos de miles de religiones nueva era y vieja era que hoy pululan, entre ellas, por ejemplo, la sacrosanta religión de la dichosa pachamama. ¡Ay de aquel mortal impío que llegue a mofarse de esta divinidad! La muerte, apedreado, empalado o por lapidación pública nos espera. Da la casualidad que el Dios que les produce escozor a estos librepensadores es el Dios, sí señor Insua, es el Dios de Abraham, y también el Dios de Jacob, quien, recordemos, viera aquella escalera que llega de la tierra al cielo, y por cuyas gradas suben y bajan los ángeles de Dios, y en cuya cima se apoya el mismísimo Señor. El Dios de Moisés, el Dios de David, el Dios de la Iglesia Católica fundada sobre piedra por Cristo mismo, por Dios hecho hombre, por la segunda persona de la Trinidad; es este Dios, el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es este Dios el que no soportan que sea nombrado, señor Insua, al que no soportan que alabemos y demos gracias, y mucho menos que le pidamos misericordia o que santifiquemos públicamente su nombre. Es este Dios el que usted, señor Insúa, usted y sus pares ateos abominan. ¿Y, sabe por qué, señor Insua? ¿No sabe por qué? ¿O se hace el que no sabe? Se lo diré, señor Insua: porque ese Dios que usted y sus semejantes abominan, es el único Dios Verdadero. El creador del cielo y de la tierra, de lo visible y de lo invisible; el creador de nuestros padres, de los suyos y hasta de usted mismo y de toda la caterva de ateos, señor Insua.

Si oyesen dar o pedir gracias por ejemplo a Alá o a Yahvé desde la tribuna del laicismo, seguramente nuestros amigos los ateos callarían como los perros del hortelano que no comen ni dejan comer, porque son soberbios y altaneros tanto como cobardes y pusilánimes. Saben que el día que ello sucediera en la tribuna de un Congreso de cualesquiera de los países donde los ateos viven muy orondos, quien osara cuestionar el nombrar despectivamente al Dios de los musulmanes o al Dios de los judíos, quien se despeinara por ello, quien cuestionara dicha “osadía sectaria” o la despreciara, quien se solazara como cerdo en chiquero ante las masas con una icónica y vaginal “obra de arte” con la cual mofarse de la fe de los musulmanes o de los judíos, quien así lo hiciese tendría sus horas contadas, tal cual como ocurriría en cualquier régimen comunista con quien no aplaudiera al unísono, por ejemplo, la cháchara de un Stalin o de un Kim Yun Sun. Estos ateos, estos librepensadores, estos artistas de oropel podrían darse por muertos. Pero en estos casos, porque en estos casos sí son todos un ejemplo de prudencia y de respeto hacia la libertad religiosa, callarían como los perros del hortelano que no comen ni dejan comer. Los simios con pantalones como buenos primates que son, saben bien a qué palos trepan.

Pero como es el Dios de la Iglesia Católica, el Dios de los católicos, el Dios de muchos españoles de hoy, de ayer y de mañana, a este Dios uno y trino sí se le puede y, es más, se le debe despreciar e infamar como imperativo o ley atea, para el bien y progreso de la humanidad y de sus muy liberales instituciones. Son como las guerrillas criminales de hispanoamericana: nos matan por nuestro bien. Nada nuevo. Ya el amigo de los afrancesados españoles, el señor Voltaire llegó a afirmar: “Si queremos progresar hay que acabar con la Iglesia”; la Iglesia Católica por supuesto, no la del pastor Pedro el español de la esquina. A esas “iglesias”, por el contrario, hay que apoyarlas por la “libertad de culto” que llaman, pero sobre todo (aunque no lo dicen, porque callan como los perros del hortelano la verdadera razón que se esconde bajo el cieno de la “libertad de cultos”) porque esas “iglesias” minan la credibilidad y los derechos de la Iglesia de Cristo, a su vez que le roban al Vicario y a sus pastores, los corderos y ovejas que por mandato divino es su deber apacentar.

El antiespañolismo propio de La Leyenda Negra ha enraizado en muchos de los llamados intelectuales españoles, más bien afrancesados, germanófilos, añorasoviéticos, marxistas de cobija, hollywoodenses, los cuales se dicen defensores de España, pero cuando se trata de hablar con veracidad del papel fundamental de la Iglesia Católica, orgullosamente española, en la historia de España, se arrugan, se avergüenzan, se esconden, evaden el tema, hacen malabares, se rasgan las vestiduras, se hacen los ingeniosos, mientras callan, como los perros del hortelano que no comen el pan ázimo ni quieren dejar que nadie lo coma, la verdadera raíz de La Leyenda Negra y del odio que se ha propagado hacia España en los centros de enseñanza desde hace siglos, en los libros de “historia”, en novelas y tragedias, en óperas y libelos y, últimamente, hasta en los platos de los programas televisivos, los verdaderos “educadores” de las últimas generaciones de simios con pantalones, término muy acorde con nuestros tiempos, y que utilizaba C.S. Lewis para referirse al hombre moderno, ya que no al postmoderno.

Este odio cainita que algunos sienten por España se debe a que España fue el Reino Católico (sí, Católico, señor Insua, señor Pedro el español) que cumplió por Providencia Divina el mandato de llevar la Palabra de Dios hecho Hombre a todos los pueblos: “Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19) Amén. Esa fue la misión que por destino le fue concedida a España, una misión que empezó en Cesaraugusta, cuando la Virgen María, Madre de Dios, aún en vida, se le apareció sobre un pilar al Apóstol Santiago y lo consoló con su manto de amor. Si España no hubiese sido defensora de la Fe de Cristo, azote de herejes y vencedora de infieles; si en sus gestas sin igual, envidiadas hasta el rechinar de dientes por sus enemigos, sólo hubiese llevado consigo la Espada mas no la Cruz; si hubiese propagado por el mundo herejías y blasfemias; si no hubiese promulgado Las Leyes de Burgos y, en cambio, hubiese exterminado a los nativos de Las Indias como a bestias, para poder “progresar” tal cual como fuera la invitación que hiciera el muy liberal y protohombre de los Estados Modernos, el señor George Washington a los Padres Fundadores; si así hubiese sido, seguramente los enemigos de España -que son los mismos enemigos de Cristo, los creadores y propagadores de La Leyenda Negra, unos altaneros y confesos herejes e infieles- sus enemigos de siempre la hubieran recibido de brazos abiertos entre la organización de naciones bienamadas; la tendrían entre los suyos y la considerarían digna de todas las loas y alabanzas terrenales… Pero gracias a Dios España, sí señor Insua, España es y será siempre despreciada por la cuadrilla de usurpadores, de esclavos y correveidiles del padre de la mentira.

Es más, señor Pedro el español, deberíamos sentirnos como hijos de España que somos, orgullosos de ese desprecio y odio que hoy se denomina en algunos cenáculos académicos e históricos hispanofobia o antiespañolismo. Pero en vez de ser así, señor Insua, estos intelectuales de pacotilla que usted bien conoce y que se dicen defensores de España, enceguecidos todos por el adoctrinamiento sectario del ateísmo, en vez de hablar como lo harán las piedras, callan como los perros del hortelano que ni comen ni dejan comer, esta verdad que nunca se ocultara bajo el sol. En vez de ser así, señor Insua, nuestros amigos ateos se pavonean mientras ladran aquí y acullá abominaciones contra el Dios uno y trino, en un alarde de autosuficiencia y cinismo muy propia de esa soberbia demoníaca que se dice libre del influjo de la Ley Divina, destinada ésta, según ellos (no usted, señor Pedro el español) únicamente para gentes iletradas e incultas, para esos “rebaños” de ignorantes que, por sí mismos, no piensan y que, por ende, nunca llegarán a ser iluminadas por la muy castiza luz de la “Diosa Razón”.

Escrito por Don Julio César Rodríguez Bustos (embajador del Reino en Colombia)

Contra Pedro el español (II)

II. Vuelve la burra al trigo

Podrá uno negar o no la existencia de Dios, pero lo que no se puede negar es la diferencia entre la pluma de ganso del novelista Juan Manuel de Prada y la pluma de guachinango del intelectual Pedro Insua, otro Pedro el español más. ¡Sí!, no se extrañen ni se asusten. No es nuestra intención escandalizar. Como dijera Su Muy Católica Majestad, el Rey Felipe II a los herejes: “Sosegaos”.

La experiencia, la cual para muchos filósofos y hombres de ciencia es la luz de la razón, demuestra que en España hoy por hoy hay más de un Pedro el español. Se les ha visto envolver su prepotencia con pantagruélicas banderas españolas, bien sea de tela o de papel. Se les ha visto publicar libros de dudosa autoría donde posan de intelectuales, defensores y adalides de España, la de ellos: un remedo infecto de ideas trasnochadas e impotentes. Pero la verdad es que, con sus ampulosas egolatrías de papel o de tela, lo único que defienden es a sí mismos. Son lobos sedientos por medrar y por hacer parte de la historia a costa de tergiversar la historia de España y de intentar destruir a España. Memoria histórica sin memoria y sin historia, acomodada a los intereses de sendos discursos sectarios de, por ejemplo, un Pedro el español socialista (lo que entienda él y sus correveidiles por socialismo, aunque en verdad eso es lo de menos para ellos: les basta con nombrar no con significar) y de otro Pedro el español ateo con sendos resultados: neguemos la existencia de Dios, el resto viene por añadidura, esto es, la caterva de ateos, quienes, en la negación de la veraz naturaleza del Hombre, se afirman. Ignoran y pretenden que los demás ignoremos, para acomodo de su discurso altanero, que el hombre es una criatura mística que al nacer mística, muere también como mística, tal cual como escribiera Chesterton en las razones tanto divinas como humanas que le llevaron a su conversión.

Sí, G.K. Chesterton, señor Insua, otro más, entre otros tantos, que apenas dio para novelista y, para mayor desgracia vuestra, otro más que apenas dio para católico. Usted sabrá perdonarlo, aunque, como ateo confeso que es, creo que respecto de dar o pedir perdón usted poco o nada sabe. Este don es más bien potestativo de nos, los católicos, quienes tenemos por mala costumbre recurrir a la misericordia de Dios y ante nuestro prójimo, para pedir perdón por nuestros pecados, tanto de pensamiento, palabra, obra y omisión. “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Los católicos, estimado señor Insua, nos confesamos pecadores tal cual como Agustín, el santo de Hipona, se confesara. ¿Otro novelista más? Usted, señor Insua (perdón le pregunto) ¿ha escuchado a un socialista o a alguno de sus pares ateos pedir perdón a Dios o al prójimo alguna vez? ¿Sería imperdonable si así lo hiciesen? Seguramente no tendrían perdón de Dios, porque no existe, ni mucho menos de la pachamama que sí existe, si tamaña impertinencia hiciesen, y menos aún si este mea culpa fuese en público y desde (cito textualmente, la perorata no es mía) “la tribuna de una institución que representa el poder civil -completamente independiente (soberano) del poder eclesiástico-”. ¡Tamaña profanación! ¿¡Quién el sacrílego? ¡Qué le corten la lengua o que se la pongan de corbatín! Entre los Pedros ateos y/o socialistas, hay leyes no escritas que no se pueden incumpril. Quien así lo hiciese, sea anatema.

En la España prototipo socialismo y ateísmo siglo XXI, hay más de un Pedro el español que en vez de ser para España luz en estos tiempos, embarulla y confunde los tiempos como escribiera Don Luis Vives, para beneficio no de España sino de los intereses de las sectas primates que idolatran. Nada nuevo bajo el sol. Siempre vuelve la burra al trigo. Empero, es deber nuestro como católicos, recordarle a los simios con pantalón que, aunque las tinieblas siempre rechacen la luz, la luz siempre vence a las tinieblas. Ya pronto amanecerá, señor Pedro el español.

Gentes de la misma catadura moral de cualesquiera Pedro el español, ateos, socialistas, comunistas, anarquistas, separatistas, se vieron a comienzos del siglo XX como indigentes mentales recorriendo los caminos de España y de la Hispanidad. Estaban de cruzada. Nada nuevo bajo el sol. Siempre vuelve la burra al trigo. Pero antes de continuar, es deber nuestro recordar en estos momentos que la Hispanidad en su conjunto de universalidad, ha sufrido igualmente en mayor o menor grado que la España peninsular, las pandemias propagadas por unas plagas ideológicas cuya única razón de ser ha sido siempre usurpar a la Iglesia Católica el honor de ser la Madre y Maestra de España y de la Hispanidad. Su Alteza Real, la Reina Isabel la Católica, no nos dejará nunca mentir. Iguales sucesos acaecieron en la Santa Madre Rusia a comienzos del siglo XX, con la diferencia que los mismos criminales ideológicos que atentaron, se apoderaron de Rusia, usurparon el poder real y le quitaron su santo nombre, no pudieron hacer en España otro tanto. España los venció, otra razón más para añadir a la lista de motivos por los cuales es menester odiar a España; otra razón más para lanzar el odio de La Leyenda Negra en su contra; otra razón más para querer borrar de la faz de la tierra su santo nombre. Nada nuevo bajo el sol, señor Pedro el español. Siempre vuelve la burra al trigo.

Cuando Chesterton viajó a Irlanda y se involucró con sus gentes y conoció su historia y la Fe religiosa que los mantenía unidos más allá de cualquier partido político, y la cual no es otra más que la Fe en el Cristo vivo; cuando comprendió muy bien por qué los ingleses, sus compatriotas anglicanos, sentían odio por este pueblo que es católico desde antes de los tiempos de San Patricio (s.V) y al cual le debemos el uso de la letra minúscula en la Cristiandad; cuando ello hubo hecho y comprendido, Chesterton escribió unas líneas que bien se pueden asociar con España y permitirnos comprender en alguna medida por qué del odio que se siente hacia ella y cuál el verdadero motivo por el cual sus enemigos de siempre (la Inglaterra anglicana entre los primeros) han creado y difundido La Leyenda Negra entre todas la naciones y en su propio peninsular reino, como arma de destrucción masiva de España, de la Hispanidad y de la Iglesia Católica. Inglaterra, hemos de recordar, ha sido desde hace siglos enemiga de España y contraria, por cismática, a la doctrina de la unidad de la Iglesia Católica a la cual España siempre ha sido fiel. Con mucho dolor y muerte para los hijos de España, sembró en el Imperio español la división, esa enseña que siempre ha sido la señal con la cual Inglaterra ha impuesto sus intereses comerciales sobre otras naciones: cuando vemos blandir esta señal en alguno de los territorios hispanos, sabemos por experiencia propia quién está detrás de tal división. En los reinos ultramarinos del Imperio español, Inglaterra compró almas, sembró la cizaña de la división, se robó la cosecha de las doradas mieses hispánicas que durante tres siglos había cultivado diligentemente la civilización española, tanto con la espada espiritual como con la espada temporal, e impuso sobre unas repúblicas atomizadas que moldeó con la democracia y el nacionalismo a su gusto, la pezuña económica de un imperialismo que aún hoy día, dos siglos después de estas guerras civiles que enfrentaron a españoles de ambas orillas, no nos permite levantar cabeza, bien sea por ignorancia (que hay mucha) bien sea por cobardía (que hay mucha) o bien sea por traición monetaria (que hay mucha) o por malicia política y bisecular (que hay mucha). Nada nuevo bajo el sol, señor Insua. Siempre vuelve la burra al trigo.

Escribe Chesterton: “Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano (el irlandés), y todavía se le sigue odiando. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.” Que se odie por parte de sus enemigos aún hoy día al Reino de España y al pueblo español, no puede ni debe ser de otra manera; ese nuestro orgullo, más no de soberbia, sino orgullo por ser hijos fieles a la Ley Divina y, por ende, a España. Porque España, pese a que en los últimos dos siglos algunos de sus “pensadores” le han pretendido inocular pensamientos contrarios y ajenos a su ser, bien sea por traidores que son o por serviles para con los enemigos de España y, por ende, de la Cristiandad, entendida ésta, no como el cúmulo de iglesias heréticas que se hacen llamar “cristianas” para usurpar y robar privilegios que no les corresponde, sino como Iglesias fundadas sobre roca por los propios apóstoles de Cristo, como partes integrales del cuerpo místico de Dios y diseminadas por todo el orbe en unión y comunión con la Iglesia de Cristo, tal cual como fuese el ruego que el mismo Hijo, Dios hecho Hombre, hiciese a su Padre: Et ego claritatem, quem dedisti mihi, dedi eis: ut sint unum, sicut et nos unum sumus. Bien sea por acomplejados unos o por faltos de carácter otros o por amor al dinero aquellos o por cobardes estos y no defender a España y a sí mismos -que de todo hay en la viña del Señor-, o otros, más sencillamente, por ignaros primates con pantalón, pese a todos estos y muchos más maliciosos, España es y será siempre Católica. Aunque les pese a estos intelectuales, más que les duela y mientan, Señor Pedro el español, no podrán nunca ocultar esta verdad que no se oculta bajo el sol. Lo saben entre otros -y lo saben muy bien y no lo olvidan- lo saben herejes e infieles, llámense ingleses o musulmanes, liberales o franceses, socialistas o separatistas, anarquistas, ateos o comunistas… España es lo contrario a todo lo que representan sus enemigos: es profunda e incómoda también, porque no tranza con la mentira, muy a diferencia de la superficialidad y tibieza de esos ateos e intelectuales de pacotilla que, desde siempre, se ufanan de ser librepensadores, para esconder bajo el tapete de sus hipocresías el verdadero móvil de sus mezquinas peroratas: ser esclavos del padre de la mentira. Nada nuevo bajo el sol, señor Pedro el español. Usted bien sabe que siempre vuelve la burra al trigo.

Que el gobierno del Reino de España hoy haya caído en manos de quienes le traicionan, que una buena parte de la ciudadanía actual esté siendo adoctrinada con ideologías malsanas, por superficiales y ridículas, no mina en nada la naturaleza y el cimiento real de España: una tierra mariana temerosa y defensora de Dios y de la Iglesia Universal. Cuando haya llegado el tiempo de la cosecha, se separará la paja del trigo y sabremos, señor Pedro el español, qué parte de esta cosecha le corresponderá a la burramenta y cuál a la España fiel que nunca ha vendido su alma ni por pienso ni por oro. Si leyese los Evangelios, señor Pedro el español, encontraría en ellos un diálogo de última cena que reza así: Pregunta el traidor: “¿Rabí, soy yo?” Responde el Señor: “Tú lo has dicho”. Nada nuevo bajo el sol, señor Insua. Siempre vuelve la burra al trigo y el burro por el oro.

Se podrá estar o no de acuerdo con Franco, pero lo que la historia nunca podrá desenterrar en el olvido (perdón por el oxímoron) es ser reconocido como quien comandó las fuerzas que derrotaron el comunismo y la anarquía que estaban destruyendo a España en el primer tercio del siglo XX. Y esta afirmación que hacemos no es una apología al franquismo, menos aún idolatría o culto a la personalidad. Es tan solo verdad histórica. Aunque hemos de reconocer que para los intelectuales el comunismo nunca es comunismo y los comunistas nunca son comunistas. Sólo ellos, no usted señor Pedro el español, pueden decir qué es o no comunismo y quién es o no comunista. Aun cuando nunca dan una definición, siempre defienden el comunismo a ultranza de cualquiera que ose señalar los crímenes de cualesquiera de sus regímenes y de sus cabecillas de turno, como lo que son: comunistas. Sabemos por experiencia científica que los intelectuales comunistas, socialistas y/o ateos, serán siempre infalibles. Nada nuevo bajo el sol. Siempre vuelve la burra al trigo.

Cuando Bertrand Russell viajó a Rusia interesado por la implementación del comunismo que se estaba llevando a cabo en las tierras de la Theotokos, confirmó por experiencia propia que la Rusia Imperial había caído en manos de sujetos de baja estofa capaces de cometer los peores crímenes a nombre del ideario comunista. La historia muy pronto le daría la razón, aunque los intelectuales de siempre quieran ocultar esta verdad bajo el sol. Y Faulkner, viendo el inmenso campo de concentración y de exterminio de cualquier atisbo de libertad en que el régimen comunista había convertido a Rusia, afirmó que la única Rusia con la que había logrado “algún parentesco espiritual”, había sido la Rusia que “produjo” (novelitas, señor Pedro el español) a Dostoievski, Tolstoi, Chéjov y Gogol, y no sin pesar declaró que esa Rusia “ya no estaba allí”. Aunque también concluyó diciendo, con palabras plenas de esperanza, porque Faulkner siempre fue un hombre de esperanza, palabras que seguramente algún Pedro el español, que son todos, despreciará debido a su intelecto supremacista, y más por ser quien las pronuncia alguien que, como Juan Manuel de Prada, apenas alcanzó para ser novelista. Escribió Faulkner: “No quiero decir que esté muerta (Rusia); hará falta más que un estado policial para destruir y mantener destruida la práctica espiritual de los herederos de aquellos hombres”. La historia también le daría la razón a este novelista, admirador de los novelistas rusos, no así de los intelectuales soviéticos, no pocos, sino todos, que apoyaron ideológicamente la construcción de ese estado policial y criminal por comunista y ateo que fue la URSS. Nada nuevo bajo el sol. La burra siempre vuelve al trigo.

Este tipo de intelectuales de vieja pezuña, antaño apoyaron en Rusia el mismo ideario confuso y estéril que antaño apoyaron en España, y que es el mismo que ahora, en nuestro presente continuo, los intelectuales españoles, muy militantes posmodernos ellos aunque negacionistas de la posmodernidad, también apoyan: destruir la espiritualidad del pueblo español, eliminar de España todo atisbo de Fe en la Iglesia de Cristo, implantar la tan anhelada paz que sólo nos podrá proporcionar la muy esperada unión de repúblicas socialistas ateas, y eliminar de una buena vez y para siempre de la faz de la tierra, el santo nombre de España. A unos abiertamente, a otros de modo soterrado se les ha escuchado exigir -así es: exigir- en sus rabiosas peroratas, que sea proscrito e intolerado en la, por ellos llamada, vida civil y civilizada de ese Estado ideal que idolatran por ateo, cualquier dogma religioso, mientras meten en la misma cochada totalitaria y prohibicionista junto a herejes, infieles, sectas, grupúsculos, pachamamistas, brujos, sobaqueras y vulvares nueva y vieja era, al verdadero objetivo de sus muy exigentes y odiosas iras: la Iglesia Católica.

Niegan, como defensores de la libertad que son, de un brochazo sectario, la libertad que gozamos en nuestra calidad de fieles, gracias justamente a los dogmas de la Religión Católica y del Derecho Canónico: la libertad para hacer o no el bien y ser por ello premiados o castigados, tanto en la vida como en la muerte. Este nuestro Credo. “¿Quién dirá a este mundo que la única libertad por la que vale la pena morir es la libertad de creer?”, nos interpela el Cardenal Sarah. Creemos, señor Pedro el español, creemos en la vida sobrenatural, por eso el martirio se acepta como don de Dios. Para los estados totalitarios como la actual China comunista (es tan sólo un ejemplo, se podrían nombrar más regímenes comunistas) los católicos son profundos e incómodos, por eso los nerones posmodernos siempre tendrán a la mano métodos sofisticados e ideológicos para justificar expulsarnos de cualquier república comunista china (es un ejemplo) o, en su defecto, para “echarnos a los leones”. Bien puedan. Aunque antes de llegar en sus osadías y soberbias a hacerlo, es menester recordarles, señores Pedro el español, que los católicos por ser del “linaje de Abraham, nunca hemos sido esclavos de nadie” ni aún cuando hemos sido esclavos: nuestra Fe nos hace libres. Y si nos remitimos al plano del Derecho Civil y de los Derechos Humanos, seguramente para estos precursores posmodernos de los Estados Ideales donde el Hombre será por fin feliz y libre, sin Reino y sin Dios, el padre Francisco de Vitoria debe ser una anomalía atemporal, católica y además española (¡qué asco!), que es menester desenterrar en el olvido. Nada nuevo bajo el sol. Siempre vuelve la burra al trigo.

Venid, señores Pedro el español, venid, no tengáis miedo. Asomad vuestras testas, por aquí, junto con el rey Nabucodonosor. Venid y contemplad, en el horno de fuego ardiente, quién es quien danza junto a Sadrac, Mesac y Abdènigo. Venid, no seáis tímidos. Acercaos, con confianza. No seremos nosotros quienes os echaremos a los leones o al fuego eterno. Venid, señores Pedro el español, venid…

Escrito por Don Julio César Rodríguez Bustos (embajador del Reino en Colombia)

Contra Pedro el español (III)

III. La corrupción de lo mejor es lo peor

De la obra magna de la Literatura Española se han escrito innumerables estudios como es lógico, y ha sido sometida también a interpretaciones sectarias, que en muchos casos han sido más un descrédito para el propio Cervantes, que fiel reflejo de su genialidad y de su respeto por las leyes divinas y humanas. En el prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda el autor vislumbraba las posibles interpretaciones que propiciaría en un futuro próximo su obra, pero nos cuesta creer que en esos momentos, cuando ya Cervantes tenía puestos sus pies en el estribo de la muerte, imaginara el lodazal en el cual ciertas interpretaciones malintencionadas hundirían al conjunto de su obra, convirtiéndola en muchos casos e intencionadamente, en vez de en inapreciable por su valor como verdaderamente es, en cuestionable, irritante y, sino, hasta en despreciable. Cervantes no será el primer y último escritor del cual se apropien las ideologías, los hagan suyos y los vuelvan más sectarios que sus propios militantes. Habrían muchos nombres de escritores con los cuales ejemplarizar nuestras palabras, pero consideramos que cada uno de los lectores tendrá el suyo propio en mente, así que es inoficioso por parte nuestra dar unos nombres siendo que cada lector sabe por conocimiento de causa de qué hablamos. Bien sabemos que nuestros amigos los intelectuales, llámense comunistas, socialistas y/o o ateos, al contrario del Rey Midas, todo lo que tocan no lo convierten en oro, sino en cieno. Pienso en estos momentos en Cuba, en la Perla de las Antillas, en la cuna de la Hispanidad, presa hoy y en ruinas desde hace más de sesenta años por culpa de un régimen criminal por comunista y ateo. ¿España ha olvidado a Cuba? ¿Cuba ha olvidado a España? ¿Nos hemos olvidado de nosotros mismos? Cómo no recordar en estos momentos a Aldous Huxley cuando escribe en El joven Arquímedes: “La corrupción de lo mejor es lo peor”.

Estos añejos intelectuales, defensores invitro de todo régimen comunista, apenas encuentran un discurso propicio con el cual hacer carrera ascendente, se suben en el asnal de sus límites intelectuales y lo transforman de valioso en deleznable. Pienso en la igualdad y reconocimiento de la mujer, en el respeto y amor por la flora y la fauna, en los derechos laborales, en la empresa y la propiedad privada, en la generación de riqueza, en la libertad, en el racismo, o en la propia Leyenda Negra por ejemplo. Caen en manos de algún Pedro el español, y de ser ideas dignas de defensa y apoyo, pasan a convertirse de la noche a la mañana, y gracias a ciertos artilugios ideológicos, en propaganda sectaria y criminosa contra un otro al cual hay que eliminar: un enemigo que hay que crear y contra el cual es imperioso lanzar los chiguaguas del odio y del resentimiento secular y cainita. Y El Quijote, por supuesto, no podía ser la excepción. Muy por el contrario, y dada la importancia universal de la obra cervantina, siempre ha sido menester para los intelectuales de vieja pezuña apropiarse del discurso cervantino (y hasta del Instituto y del Premio) y controlarlo, hasta hacer decir a Cervantes lo que estos eversores interpretan como la verdad, su verdad, esto es, la mentira a todas luces. No obstante, y como escribiera Fray Josefo hace ya casi doscientos años, y en unas circunstancias históricas muy parecidas a las actuales (siempre vuelve la burra al trigo): “El error nunca puede legitimarse ni prevalecer contra la verdad y la razón, por más que se extienda y dure”. La tergiversación de la verdad, maese Pedro el español, siempre será lo peor.

Uno de los llamados tópicos literarios, transformado en ideológico y al cual con mayor frecuencia se recurre, es la famosa frase que escribiera Cervantes en voz de Don Quijote en el capítulo IX de la segunda parte: “Con la iglesia hemos dado, Sancho.” ¿Qué quiso decir Cervantes con esta frase? ¿Esconde una intención secreta, irónica, sarcástica, crítica, o es tan sólo una expresión verbal y corriente, propiciada por un hecho real ante el cual se encuentran de frente Don Quijote y su fiel escudero? Posiblemente argumentaríamos primero que todo, que estas palabras no esconden ninguna intención secreta, tal cual como afirmara Martín de Riquer entre otros estudiosos de la obra de Cervantes, y signifiquen tan sólo lo que se dice. Empero, y ante las tergiversaciones frecuentes de algunos opinadores, no está demás que nos preguntemos junto con el Dante: ¿Esta frase se’nterpretata val come si dice? Y nos hacemos esta pregunta, estimados y nunca justamente ponderados maeses Pedro el español, porque, al igual que en otros circunstancias en que se habla de la Iglesia, cuando se trata de la literatura la mala interpretación de lo mejor siempre será lo peor.

La interpretación malintencionada que se le ha dado a esta frase, en la cual se ha cambiado el verbo dar por topar, y la “i” de iglesia, escrita en su original en minúscula, trocada por la “I” en mayúscula para significar que se habla, no de la iglesia del Toboso, sino del cuerpo místico de Cristo, ha hecho que se propicie y generalice su uso de forma peyorativa para atacar a la Iglesia universal. Pero no siendo suficiente con usurpar una frase y apropiarsela para beneficios ideológicos, también algunos intérpretes queriendo trocar el día en noche, llegan a argumentar que en la frase original subyace, primero que todo, un sentido claramente anticlerical, tanto del autor (Cervantes) como de la obra (El Quijote), a través del cual el autor (no sus intérpretes) denuncia la “subordinación” de la sociedad y el Estado a la Iglesia. Y, segundo, que en la frase también subyace un anhelo implícito: la separación de las espadas temporal y espiritual, pero, sobre todo, y como fin verdadero y último de quienes así interpretan e instrumentalizan esta frase, la eliminación de una buena vez y por siempre de la vida civil y civilizada, de la espada espiritual representada en la Iglesia de Cristo. Un mundo feliz sin Dios y sin su Iglesia. Piensan, y por eso incurren en ello, estos maeses Pedro el español del ateismo y de la crítica de salón, que la eliminación de la Iglesia de la vida civil y civilizada es lo mejor, siendo como se ha demostrado en las dos últimas centurias, que está siendo lo peor de lo peor.

Sin duda alguna quienes en este sentido citan esta frase tienen una verdadera intención: menoscabar el poder de la Iglesia y, si pudiesen, hacerla desaparecer de la historia del Hombre. Muchas veces los Pedro el español lo han intentado. La historia de los últimos dos mil años está llena de momentos en los cuales la Iglesia ha sido atacada, humillada, saqueada, pero aún así se ha levantado de las cenizas o ha seguido como el arca de Noé que es, navegando en medio del diluvio universal de infamias y altanerias de sus enemigos, de toda la caterva de los Pedro el español que, como caines se mantienen errando por el mundo. Por eso esta catilinaria no va dirigida contra el vulgo del cual nos hablara Lucano o contra la clase más ignorante y atrasada, que la hay y mucho en toda sociedad, y la cual sigue a ciegas a quienes parece que saben algo como nos recordara Fray Josefo, sino contra los actuales intelectuales de vieja pezuña, disfrazados de filósofos y hasta con doctorado, harto soberbios e ignorantes como manipuladores y mentirosos. Como escribiera santa Teresa: “Todo lo que corre de la soberbia es la mesma desventura y suciedad”, estimados maeses Pedro el español.

Hace apenas menos de un siglo en España esta mesnada atacó a la Iglesia, y durante la llamada II República, libres de todo respeto y orden, azuzaron a sus esbirros para que la saquearan como antaño lo hicieran su modélicos piratas anglos o los admirados gabachos napoleónicos o, como en Rusia, las bienamadas raleas soviéticas. Masacraron, violaron y asesinaron a sus fieles, pero ni aún así la pudieron destruir y menos aún expulsar de España, porque, para rabia de sus enemigos, las raíces de la Iglesia Universal son profundas, y no serán los vientos de las modas y la novedad quienes la arranquen de las tierras donde se ha plantado y ha dado sus celestiales frutos de santidad. Estos eversores de vieja pezuña se toparon, como les gusta decir, con la Iglesia con mayúscula, y no la pudieron reducir a cenizas ni expulsar de España. Volvió a resplandecer su luz inmortal. Por eso, no está demás recordarle siempre a todos los Pedro el español, que “las puertas del Infierno no prevalecerán” (Mt. 16:18) nunca contra la Iglesia Católica, Apostólica y Romana como bien la llamamos sus devotos feligreses, entre los cuales se encuentra el fiel escudero Sancho Panza. El intento de destrucción de lo mejor, maese Pedro el español, será siempre lo peor.

Detengámonos un momento y recordemos a nuestros lectores por qué razón escribimos estas palabras. Hemos de decir que en el siguiente apartado y a la luz de El Quijote aventuraremos una interpretación de esta famosa frase, la que nos parece la más adecuada con su autor y con el contexto de la obra misma, y a su vez también como defensa de la Iglesia, motivo de esta catilinaria contra los Pedro el español, sello de la bestia siglo XXI, tal cual como Fray Josefo lo hiciera con el sello de la bestia del siglo XIX:

 ¿Cómo puedo ser yo tolerante y callar, cuando advierto, que nos quieren introducir á la fuerza en España una vana filosofía, dividiendo los ánimos, y corrompiendo la sana opinión del pueblo, que es la que constituye nuestra mayor dignidad y fuerza? No, españoles. Eso de callar, no puedo.

Sin embargo, antes de continuar hemos de aclarar que en este apartado no nos adentraremos en la biografía de Don Miguel de Cervantes Saavedra para sustentar nuestra argumentación. Bastará tan sólo recordar a los lectores y respecto del manco de Lepanto, que en vida siempre luchó contra los enemigos de España y, por ende, de la Iglesia católica, y que hizo parte de la llamada, por él mismo en el prólogo de las Novelas Ejemplares, “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”. Y también recordamos que antes de su muerte, Cervantes entregó su alma en manos de quien todo lo dispone, como cristiano católico que siempre fue. Negar su fe y la fidelidad de Cervantes a la Iglesia católica es hacer de él una hipócrita y bribón que hasta el último instante de su vida mintió mientras escribió. Muy claro está escrito en la epístola preliminar de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, su testamento literario:

 Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo ésta (la epístola al Conde de Lemos): el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir.. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los Cielos”. Y más adelante, en el prólogo, concluye: “Adiós, gracias! ¡Adiós, donaires! ¡Adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida! Dicho esto, a partir de ahora guardaremos en lo posible silencio respecto de la vida de Cervantes, por respeto a su memoria, y nos apoyaremos para nuestra interpretación y análisis únicamente en su obra magna. Como dijera el Divino Maestro: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20). El intento de manipulación de lo mejor es, maese Pedro el español, siempre lo peor.

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